Anna Karenina es una galería de contrastes, un teatro acondicionado al cine. Es, por esto último, por lo que esta séptima adaptación de la obra de León Tolstói es brillante.
La primera parte de la película dirigida por Joe Wright es un vaivén de escenarios y personajes de vida exagerada, a modo de culebrón. Se abre el telón y se observa una habitación lujosa, de paredes doradas, se escucha de fondo una melodía clásica, se mueven de forma cuidada hombres elegantes y mujeres emperifolladas. Se anima a beber y comer apetitosos y exquisitos manjares. En ese ambiente pomposo y aristocrático de la Rusia del siglo XIX se oye un ruido, el del pedo del perro de la anfitriona de la fiesta, la princesa Betsy. Refinamiento versus vulgaridad. Son las diferencias que hacen amagar una sonrisa al público.
Son pequeños detalles que hacen grande una historia más de infidelidad. Anna Karenina cuenta el triunfo de la pasión por un joven atractivo sobre el amor a un hijo. Anna - Keira Knightle- se enamora y obsesiona del apuesto oficial Vronski -Aaron Johnson- y abandona a su esposo –Jude Law- y a su hijo para seguir a su amante. Más antítesis: liberalismo-realismo frente conservadurismo-hipocresía.. Anna y Vronsky -desatados, desenfrenados, dos corazones sin temor al qué dirán- frente a su entorno y en su extremo más cínico el esposo -cornudo, tolerante silencioso, frío, distante y tranquilo, paciente y con aplomo-. Todos representan los antivalores y la falsedad que alimentaban los espíritus de la élite rusa.
La segunda parte del film llega a despertar el bostezo. Son 70 min de trama totalmente previsible, sin altibajos. Quizás por esto centra la mirada del espectador en el vestuario, decorado y música. Aspectos que no han pasado desapercibidos para la Gran Academia. Anna Karenina de Wright ha conseguido el Óscar al mejor diseño en vestuario, aunque optaba a tres más: mejor fotografía, mejor banda sonora y mejor dirección de arte.
Es una realización efectista y grandilocuente, aunque de una pesadez suavizada a momentos con una banda sonora sorprendente y peculiar. El italiano Darío Maranelli integra la acción de la película en una composición musical alternativa: la canción principal surge del ruido de una locomotora (símbolo de modernidad en su época), otra de los silbidos de unos obreros. Son las guindas de este postre dulzón que puede llegar a empalagar.
Un cobijo para la libertad de expresión (art. 20 CE) La única pretensión es contar historias, dar rienda a la imaginación, opinar sin tensión. En fin, todo aquello que rodea a la comunicación.