La historia de la época del presidente Lincoln se reviste de honores, de logros, de hazañas humanas. Dos rostros enfrentados según el color de la piel: el blanco de los yanquis y el negro de los esclavos ocupan el centro del debate de la película. Durante 150 minutos el espectador conoce el detalle de cómo se fraguó la conquista más importante por la igualdad ante la justicia. La abolición de la esclavitud -promovida por el bando republicano, a la cabeza Lincoln- es el objetivo del debate, demasiado largo y monótono.
Pequeñas anécdotas del presidente permiten la respiración y sonsacan alguna sonrisa al espectador, pero rápidamente se torna la atención en el denso enfrentamiento político.
El compás es lento, no se percibe la tensión de aquellos momentos. El déficit de atención se repliega cuando su protagonista se desnuda. El Lincoln más amable, tierno y puro juega con su hijo pequeño, discute con su mujer y reprende e incluso abofetea a su hijo mayor.
Es paciente, tranquilo, pausado hasta extenuar a todo aquel que le rodea, mas es su principal baza para conseguir su objetivo.
Lincoln es el hombre puro que logró abolir la esclavitud con medios maquiavélicos, a través de la corrupción, la compra del voto de los demócratas a cambio de puestos de responsabilidad.
Spielberg -director del film- disfraza la máxima que intuyo pronuncia Lincoln en sus adentros ‘todo el mundo tiene un precio’.
Esta fracción de la vida del puro Lincoln resulta insuficiente, aburre, pese a la importancia de sus hitos y llega a decepcionar por la omisión de parte de la historia del ‘gran libertador´de los Estados Unidos de América.
Como ha apuntado Viçens Navarro, catedrático de Ciencias políticas en la Universidad Pompeu Fabra ”en la tierra de Lincoln, aquel proyecto democrático que él soñó nunca se realizó debido a la enorme influencia del poder del capital sobre las instituciones democráticas, influencia que ha disminuido enormemente la expresión democrática en aquel país. Y la paradoja hiriente de la historia es que el Partido Republicano se haya convertido en el instrumento político más agresivo hoy existente al servicio del capital. A uno de los fundadores del movimiento revolucionario democrático ni siquiera se le reconoce como tal. Su emancipación de los esclavos es una gran victoria que hay que celebrar. Pero Lincoln fue incluso más allá. Y de esto ni se habla”.
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