El castell de Miravet pasará a la historia por ser conquista del Cid Campeador, allá por el año 1091, pero también por la dejadez de nuestros gestores patrimoniales. Hace veinte días las últimas piedras de la Torre del Homenaje se desplomaron en el valle del Miravet, en el Desert de les Palmes.
El 'castell està vell', probablemente ya nadie lo quiere, quizás por este motivo nadie echa de menos su Torre del Homenaje; sólo un puñado de amantes de la naturaleza que, de vez en cuando, decide pasear por este rincón verde, natural y privilegiado de nuestra geografía.
La solidez de esta fortaleza árabe, considerada joya arquitectónica de nuestro patrimonio valenciano, se esfuma. Su grandeza de antaño atrajo a conquistadores ilustres, como el Cid Campeador, a reyes como Sancho Ramírez y Pedro I de Aragón (entre 1093 y 1103), Alfonso II (1178) y Jaume I, quien lo conquistó definitivamente en 1225. La etimologia cuenta de Miravet que -posiblemente- se trataba de un monasterio de monjes guerreros musulmanes dedicados a la guerra santa.
De ruínas a piedras
Presumían erguidas las ruinas del Miravet, en el término municipal de Cabanes (Provincia de Castellón, España) sobre un cerro junto Carretera de Cabanes a Oropesa, por ser una construcción islámica con reformas de arquitectura medieval. Nació robusto para proteger a nuestros antepasados de los invasores. Ahora su Torre del Homenaje yace sobre el valle, reposan sus piedras milenarias sobre la tierra de un paraje natural, que dicen está protegido por ley, mas ésta no la ha cuidado y protegido de la invasión de los años, del viento y la erosión. Nos quedarán las historias de los abuelos y las fotografías para recordar su figura: una planta irregular dispersa distribuida sobre un eje longitudinal lateral, con un foso artificial que lo defendía en su parte más asequible. Tuvo doble recinto inferior donde se hallaban restos arquitectónicos, vestigios de viviendas de su antiguo poblado y la arruinada iglesia de San Martín y San Bartolomé.
Hasta hace apenas veinte días el castillo conservaba restos de sus torres, ya no. Perviven sus muros laterales y partes derruidas de la pequeña iglesia de San Martín y San Bartolomé, un algive y el portón final de la fortaleza, que en la cima de un montículo de 286 metros de altitud, pregona todavía la reciedumbre de unos hombres que junto con los de los castillos vecinos supieron dejarnos testimonio de sus hazañas en la época medieval en este territorio de transición entre el Maestrazgo y La Plana.
